Rompo mi silencio por mor de los exámenes, para opinar sobre la lapidación mediática que ha sufrido el señor Aquilino Polaino por hacer afirmaciones políticamente incorrectas acerca de uno de los tabúes más sostenidos en la actualidad: la homosexualidad.
Parece mentira, que hagan ir a este señor al senado, sepan lo que va a decir y cuando lo diga lo dejen con el culo al aire. Muy mal señores del PP, eso no se hace. ¿ Acaso ustedes sucumben también al poder del -mal llamado- lobby gay? Este señor es catedrático y lleva investigando sobre el tema mucho tiempo, y aunque sólo sea por el principio de autoridad, sus razones tendrá para decir lo que dice.
Pese a todo, seguimos inmersos en un mundo de incoherencia, hipocresía y prejuicios, por que al fin y al cabo es lo que hay. Si álguien opina que la homosexualidad es una enfermedad, ¿por qué hemos de rasgarnos las vestiduras? ¿No nos damos cuenta de que esto es un tabú como la copa de un pino?
Un tabú, instaurado por los poderes fácticos al servicio de la causa (no me gusta llamar lobby a algo que no lo es) y posiblemente el más fuerte que hay hoy en día en nuestra sociedad. Es como un escudo de defensa: "si me criticas por ser gay eres homófobo y mala persona digna de desprecio".
Básicamente la discusión se reduce a dos posibilidades sobre la homosexualidad.
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Que sea una enfermedad. En cuyo caso, la gente no tiene que ser discriminada por ello. Igual que si tienes un catarro no eres menos persona que álguien que no lo tenga, ni te van a discriminar por estar acatarrado. Lo mismo que hay diabéticos que tienen que chutarse la insulina, pues mira qué bien... Sería un trastorno psicológico tratable o no, dependiendo de las personas.
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Que no sea una enfermedad. Entonces, sería una "opción" de la persona. Aquí intervendría la discusión sobre si la sexualidad es algo con lo que se nace (genéticamente) o algo que se adquiere. Debate que daría para mucho tiempo más, si cabe. En todo caso, todo quedaría reducido -legalmente- a precisar los derechos de todos sin tener que distinguir por la opción sexual de cada uno.
La versión "light" de estas dos opciones sería
no normal y
normal, respectivamente. Pero esta clasificación hecha tan a la ligera parece una forma poco elocuente de eludir un tabú tan grande como este. El concepto de "normalidad" no es absoluto y cambia con el tiempo. Los que utilizan a la naturaleza para justificar lo "no normal" encuentran difícil justificar ciertos comportamientos homosexuales en el reino animal, debidamente documentados.
Del mismo modo, los que utilizan la "racionalidad" y la "superioridad" del ser humano con respecto a los animales para poder diferenciar el instinto, se encuentran con la contradicción del propio término "racional" aplicado a una conducta que no puede ser racional, ya que supuestamente no tenemos elección en determinados actos. No podemos elegir que mañana nos dejen de atraer sexualmente las mujeres, o viceversa.
En ninguno de los dos casos está justificada la existencia de una "fobia" o un "rechazo" contra estas personas. Su, a saber, opción o enfermedad, es respetable y digna. Pero que algo sea respetable no le confiere un derecho ilimitado para decidir sobre los derechos demás en favor de los de unos pocos.
Y quienes más liberales
* dicen ser, son los más hipócritas. Quienes más tolerancia piden y tildan de homófobos a los que nos manifestamos en contra de la ley, son los primeros que a los que se llevarían los demonios si uno de sus hijos saliera del armario.
Personalmente, me trae sin cuidado si es una enfermedad o no, yo no voy a discriminar a nadie por con quién se acueste, en todo caso por quién sea esa persona como tal. Lo que nunca voy a consentir ni estoy dispuesto a transigir es que se violenten los derechos de los niños en cuanto a la adopción, puesto que es su derecho a tener un padre y una madre lo que debe primar, y no el capricho de unos pocos. De ninguna manera.
* he utilizado la palabra "liberal" no aludiendo al liberalismo como tal, sino a la prostutición que de dicho término han hecho quienes pretenden tener licencia para dar rienda suelta a su líbido prescindiendo de toda decencia.